MI PAREJA O MI RIVAL:

Publicado: junio 22, 2015 de Rodolfo Falcón en Posteos anteriores. violencia, salud.

A medida que uno se va adentrando en esta hermosa profesión que es la psicología, empieza a ver correlaciones, situaciones que se repiten en diferentes personas, en diferentes familias y parejas. El tema del que tengo ganas de escribir sucede en muchas relaciones de pareja, pero también en relaciones de amistad, o incluso entre padres e hijos.

Consiste en la fantasía, la creencia, la idea, o la suposición de que el otro dice, piensa o hace las cosas para perjudicarnos, llevándonos generalmente a reaccionar defensivamente a eso.

Comunicación que confunde.

Hay tres aspectos al comunicarnos que dificulta la comunicación empática y compasiva.

El condicionamiento:

Al mirar la realidad, la observamos desde nuestro único lugar. Cada uno tiene su propia experiencia de vida, y no hay dos experiencias idénticas. Es decir que las interpretaciones que realizamos sobre lo que sucede dependen del lugar desde donde lo estamos mirando.

Cada uno se va a representar en un mismo objeto o situación, algo diferente, y si bien hay consensos, estos son culturales y no representan la realidad sino una manera particular de mirarla.

Al comunicarnos con nuestra pareja es probable que, de acuerdo a las vivencias de cada uno, y de la familia de cada uno, veamos la realidad de maneras distintas.

Esto es así, producto de nuestras historias personales, y de cómo fuimos construyendo nuestro mundo interno. Por lo tanto es probable que yo NO pueda ver la misma realidad que ve el otro, pero aún así, esto no le quita legitimidad a esa versión. Cada uno tiene sus propios lentes y es por la rigidez de mirar con nuestros propios lentes que no logramos admitir las miradas de los demás.

Mensajes digitales y analógicos:

La comunicación se da de diferentes maneras.El uso de las palabras, la comunicación verbal y escrita representan la comunicación digital. Pero también nos comunicamos con nuestros gestos, posturas, nuestra expresión corporal, el tono de voz, la melodía, el volumen, y muchas más cosas. A este segundo canal de la comunicación se la llama comunicación analógica y representa el 90% de un mensaje.

Bateson a mediados del siglo pasado, estudió estas formas de comunicarse en familias de esquizofrénicos, observando que los padres de los psicóticos, enviaban mensajes incongruentes. A nivel del contenido (digital) el mensaje podía ser amoroso; pero a nivel analógico era lo contrario. Por ejemplo le decían a su hijo que lo amaban mientras lo golpeaban, o se lo decían con una expresión clara de desdén. A esta manera de comunicarse la llamó “Doble vincular”.

Más tarde se observó que las incongruencias a la hora de comunicar son mucho más habituales de lo que parece y por lo tanto esto reviste a la comunicación de una complejidad mayor. Es importante tener en cuenta la comunicación analógica y poner en palabras lo que uno interpreta del otro para lograr un entendimiento claro.

Las sentencias (los juicios moralistas).

A partir del primer punto, y también de un desarrollo cultural que nos ha “enseñado” a relacionarnos de esa manera, podemos decir que nos comunicamos de manera tal que continuamente declaramos sentencias de lo que creemos que está bien o mal. No hablamos de valores, de lo que nosotros valoramos más o menos, sino de lo correcto e incorrecto y por lo tanto de premios y castigos. Tener la seguridad de saber cómo son y deben ser las cosas, nos lleva a ver al otro con una mirada acusatoria, en donde nos preocupamos por definir hasta qué punto está equivocado (con respecto a nuestra manera de ver el mundo, claro).

Por más buenas intenciones que tengamos a la hora de comunicarnos, si internamente mantenemos esta creencia, esta manera de observar, pensar y sentir, es probable que el otro se sienta atacado y busque defenderse.

Un juicio moralista presupone una verdad absoluta y facilita que entremos en la crítica, las comparaciones, las acusaciones, el desprecio y la Rivalidad.

Esto no quiere decir que no podamos valorar ciertas cosas, sino que reconozcamos la diferencia entre un juicio de valor y una sentencia.

Por ejemplo:

“La violencia es mala!” -esto sería una sentencia-

“Me asusta la violencia en la resolución de conflictos humanos. Valoro las personas que resuelven sus conflictos de otras maneras diferentes” -Esto sería una valoración-

Por más seguros que estemos de nuestra “verdad” podemos probar hacer esta distinción en nuestros argumentos a ver donde nos conduce. Cuando nos manejamos con sentencias, la comunicación se dificulta.

Una mirada diferente.

Marshall Rosenberg desarrolló hace algunos años el concepto de “Comunicación Chacal” para este tipo de comunicación centrado, sobretodo en sentencias, críticas y evaluaciones que promueven las actitudes rivalistas o defensivas.

Él dice que este es uno de los aspectos en nuestras vidas que bloquean la compasión y la comunicación empática.

Generalmente las parejas funcionan como un fuego de caldera donde se cuecen todas nuestras imperfecciones, miedos, faltas y necesidades, por lo tanto, es probable que en la comunicación estos aspectos que vienen con nosotros reluzcan y perjudiquen la comunicación generando dificultades severas.

La comunicación es compleja, tiene estos aspectos que enumerábamos que nos lleva a confusiones. Nuestras vivencias y la manera que aprendimos a comunicarnos, muchas veces nos lleva a suponer y criticar, impidiendo la comunicación empática. No pretendo, por tanto, que se vuelvan excelentes lectores de la conducta no verbal, ni tampoco que cambien todo su condicionamiento. Pero hay dos cosas que sí se pueden hacer.

Primero es comunicarse con su pareja con la convicción interna que el otro quiere lo mejor para ti. Suponer que hay un buen fin detrás de lo que comenta y que si ataca o se defiende puede ser consecuencia de cómo nos estamos comunicando y no de una motivación intrínseca.  Puede que esto los lleve a sentirse más vulnerables, pero a veces es necesario esa vulnerabilidad para mejorar la comunicación.

El segundo punto es que al observar lo que los demás exponen, tengamos una mirada no crítica. Podemos sostener nuestra manera de pensar sobre ciertos aspectos, pero de ninguna manera sostengamos que nuestra manera de ver la realidad ES la manera correcta. Podemos tener juicios de valor, pero sólo eso. Observemos sin juzgar y el mundo será un mejor lugar donde vivir.



Lic. Rodolfo Falcón

Lic Rodolfo Falcon.  M.N. 40467

Mi nombre es Rodolfo Falcón, soy psicólogo y trabajo en Capital Federal, Caballito. Administro esta página web, así que espero que estés disfrutando tu estadía y que sigas visitando este portal asiduamente. Podés visitar mi página de facebook, hacerte fan y tener una comunicación más fluida conmigo, haciéndome consultas, o podés suscribirte por email para enterarte en tu casilla, del resumen.

mujer hablando al psicólogo

No es un mito que para muchas personas es extremadamente difícil decirle que no a su terapeuta, declarar que uno ya no quiere continuar en el proceso terapéutico o manifestar que algo le fue incómodo, desagradable o molesto.

En mi experiencia me he encontrado con todo tipo de situaciones; personas que vienen y logran plantear con claridad porqué consideran que no quieren seguir viniendo; personas que súbitamente no llegan y tampoco se comunican por mail, teléfono, mensaje de texto o señales de humo. Personas que se comunican telefónicamente, otros que se comunican por email, y algunos que lo hacen por whatsapp.

Pareciera que el medio es algo significativo a la hora de ver o comunicar algo que creo que va a ser desagradable para el otro. Muchas veces se considera que no es necesario hacer la aclaración de que uno no va a seguir yendo, otras tantas uno no quiere decir algo desagradable, en otras se avergüenza. Si bien hay mucha variedad, podemos decir algo acerca de estas cosas:

Lo que es difícil en la terapia, es difícil en la vida.

Si hay algo que se sostiene desde los albores de la psicología dinámica es que el escenario terapéutico es una minirepresentación de lo que sucede afuera y que es probable que el terapeuta comience a representar en la psiquis de la otra persona, a alguna imagen interna del paciente. Tal es así que el hecho de no querer continuar con la terapia y la dificultad para comunicarlo puede tener mucho que ver con la vida y las situaciones que la persona está atravesando o atravesó en el pasado.

Si a la persona le está costando decirle que no a su terapeuta, puede que a esa persona también le cueste decir que no cuando se siente incómoda en otros ámbitos. Una persona, por ejemplo, puede dudar mucho de dejar una terapia como también puede estar dudando mucho de dejar una actividad comercial que no le gusta.

También puede suceder que sienta que va a estar frustrando el deseo de su terapeuta, el deseo del otro, y en este sentido habrá que ver qué relación hay con esta cuestión en su propia vida (por ejemplo podría suceder que sigue una carrera universitaria por mandato familiar, no por gusto, sino por no frustrar el deseo que cree, viene de sus padres -el otro-). O puede incluso tener una actitud desconsiderada, no avisando, haciendo pagar al terapeuta algo que inconscientemente es para otra persona (su padre, por ejemplo).

En fin, las razones pueden ser variadas pero hay algo que es seguro y es que esa dificultad se relaciona con la vida de la persona. Hoy voy a nombrar solo dos cuestiones que creo son de las más importantes vinculadas con estas dificultades de la vida y la terapia.

1- Los mandatos:

Si hay algo en lo que coinciden la mayor parte de las psicoterapias, es que lo que hacemos está vinculado no sólo con nuestra experiencia, sino con la relación que hemos tenido con nuestros padres.

En este sentido se le dice “mandatos” a esas órdenes (implícitas) que cada miembro de la familia respeta inconscientemente y  que entiende como algo dado y que debe hacerse. Ir en contra de estos mandatos supuestamente establecidos podría ser muy peligroso para la persona, condenándole (en su imaginario, por supuesto, pero a veces en la realidad) a una vida excluido de su grupo primario.

En este sentido hacer lo que el “Otro” no desea que hagamos puede ser motivo de mucha angustia y también de mucho miedo.

Hay un momento en la terapia en donde el terapeuta probablemente quede colocado en uno de estos lugares; es decir, en el lugar del “otro”. Y es probable que el paciente proyecte sobre el terapeuta deseos (es decir que crea que el psicólogo tiene deseos vinculados con él). Por lo tanto ir y decirle que uno ya no quiere continuar; en definitiva FRUSTRAR AL OTRO, es algo que se vive con angustia, culpa y hasta con miedo.

Creo que lo mejor que uno puede hacer en estas ocasiones es plantearle al terapeuta lo que le está pasando, lo que está sintiendo. e incluso si lo que siente tiene que ver con determinada actitud del terapeuta, también es propio decirlo, ya que seguramente eso que vio en el psicólogo es algo referido a su propia realidad interna.

Hacerse cargo del propio deseo:

Este me parece que es el punto más importante (visite el link) a la hora de estar en una terapia. Poder conectar internamente con nuestro deseo. Conectar nuestros tres cerebros, mental, somático, espiritual en la línea de lo que queremos. Si lográsemos esto estaríamos plenos.

Pero esto no suele darse con frecuencia. Con frecuencia se da que no podemos escuchar nuestro deseo, o que no nos hacemos cargo de lo que deseamos. Es mucho más fácil huir, o meter la cabeza bajo la tierra cuando algo que deseamos creemos que no coincide con lo que se espera de nosotros.

Uno de los objetivos de toda terapia es que podamos conocer, respetar y hacernos cargo de lo que deseamos y de la manera en que lo deseamos. Que podamos transitar el camino de eso, independientemente de cómo sea visto por el afuera o por nuestra familia.

Por lo tanto a la hora de decirle que no a un terapeuta se juega algo de esto; la persona está ante la encrucijada, o desaparece y no se hace cargo de su deseo, o busca maneras huidizas de decirlo, o se planta delante del terapeuta para hablar de su deseo asumirlo y respetarlo.

Esto abre a una pregunta en todos los ámbitos… ¿qué tipo de vinculación tenés con tu deseo?

Lic. Rodolfo Falcón

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MUCHAS GRACIAS!!

Publicado: septiembre 20, 2014 de Rodolfo Falcón en Posteos anteriores. violencia, salud.

Las etiquetas psiquiátricas.

Publicado: mayo 12, 2014 de conzeta en Salud
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chico con una etiqueta en el pechoTal vez un poco alimentado por los mismos profesionales; seguramente también por los estudiantes, en los aspectos psicológicos, como en ninguna otra disciplina relacionada con la salud, a los argentinos al menos, nos gusta diagnosticar. Todo el mundo dice sin miedo a equivocarse que una persona ES un neurótico obsesivo, o panicoso, o celoso.
Con facilidad y presteza definimos “eso es un TOC”; o “típico de neurótico obsesivo” o “claramente sos una histérica…” Estos y otros epítetos son moneda común.
Aún sin la intención se producen, por medio de esta práctica, dos efectos contraproducentes.* Por un lado la banalización de la profesión. Ya lo dijo Freud en un artículo que tituló “el psicoanálisis silvestre” pero que cuenta para cualquier disciplina psicológica; y es que, el diagnóstico fuera del dispositivo terapéutico está contraindicado. No es ético, ni profesional. Uno puede suponer algo, pero la evaluación diagnóstica se hace a través del dispositivo. De la misma manera un médico necesita revisar a su paciente y a veces hacerle estudios para poder determinar con precisión qué lo aqueja. Además, existe una diferencia radical con patologías diagnosticadas por otras ramas de la salud y tiene que ver con que, en las otras, suele haber datos concretos de la afección: una muela cariada, una herida en un tejido, un nivel alto de azúcar, etc. Y si bien hay cierta aleatoriedad con respecto a ciertos valores “normales”, por lo general los datos para determinarla son precisos.
En la psicología hay intentos de cuantificar, de definir criterios de diagnósticos. Pero no existe tal precisión y cuando existe esta basada en criterios que algunas veces son culturales. En psicología depende de un criterio aunado de especialistas que evalúan si un comportamiento corresponde a una disposición normal del ánimo o a una alteración y esto muchas veces no tiene una correlación concreta y definida. El año pasado se estableció que una determinada cantidad de berrinches en un bebé era signo de patología, o si una persona se saca tres fotos al día a si mismo tiene una patología llamada “selfies”. Estas son algunas de las nuevas categorías que los “especialistas” determinan.

* Por otro lado, el efecto de las “etiquetas” es bastante duro con las personas. Tal vez por una confusión del lenguaje. Cuando uno tiene una gastroenterocolitis no se le dice “sos un gastroenterocolítico”; sin embargo con ciertas patologías se usa la palabra “ser”. Sos diabético, por ejemplo, en vez de decir: Te está funcionando mal el pancreas o tenés diabetes. Con las patologías psicológicas esto también se manifiesta de esa manera. Hay algunas excepciones como los ataques de pánico en donde se suele decir “tengo ataques de pánico”, pero por lo general se utiliza el “soy X cosa” soy obsesivo, histérico, fóbico, compulsivo, adicto, psicótico, TDAH, etc. Cuando uno habla de “ser”, habla de una realidad por antonomasia, de una condición intrínseca incapaz de cambiarse, habla, en definitiva, de una esencia. Si soy, entonces esa es una cualidad de mi persona, y si yo cambiara eso, también cambiaría de ser quien soy, por lo tanto la resistencia al cambio es mucho mayor. Si en cambio pensamos que en vez de ser celosos, tenemos celos, y transitamos épocas donde estamos más inseguros, entonces podemos llegar a pensar en la posibilidad de dejar de tenerlos sin que por ello se ponga en peligro nuestra identidad. Cuando hablamos de esencias, automaticamente creemos que no hay posibilidad de cambiarlo. Si pensaramos en un caracter transtivo, en algo que se sostiene o que se transita, entonces la posibilidad de largarlo es mucho más factible.
Cuando un grupo, un sistema, una familia, una organización se refiere a una persona a través de una etiqueta, inflige en la persona una identificación. Si además esta acuerda (que es lo que sucede la mayor parte de las veces) con el grupo, entonces se aferra a dicho comportamiento que la lleva a sufrir (comportamientos celosos, por ejemplo). Las etiquetas mal puestas dañan a quienes las llevan.

hombre con lupaPor ello creo que es muy importante tener cuidado con estas terminologías y diagnósticos. El diagnóstico debería ser usado como un marco de referencia para comprender las actitudes y los comportamientos de una persona, pero no para juzgar su condición esencial. Debería servir a los terapeutas como guía en el proceso de curación, pero no para utilizarse fuera de los dispositivos terapéuticos generando más confusión de la necesaria.
Por otro lado hay que entender que el desarrollo de estas etiquetas son convenciones entre los científicos y es fundamental ver la sintomatología contextualizada. Últimamente hay mayor cantidad de “patologías” clasificadas, por ejemplo el “Trastorno de Desregulación Disruptiva del Estado de Ánimo (DMDD) que refiere a los berrinches y rabietas presentados por niños (tres a la semana) durante un año. Pero sobre todo tomar entre pinzas las clasificaciones que se nos hace. Nadie es un trastorno de atención deficiente, por ejemplo, uno puede tener mayor o menor capacidad para atender, dependiendo de ciertas condiciones fisicas, psiquicas, culturales, sociales, etc; pero nadie ES un trastorno.

Lic. Rodolfo Falcón
Lic Rodolfo Falcon.  M.N. 40467
 
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