Hay dos denuncias de violencia familiar por hora (DOM 16.07.2006 )

Publicado: abril 27, 2008 de Rodolfo Falcón en Posteos anteriores. violencia, salud., Violencia doméstica
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Claudia toma un café en el Gato Negro y se sumerge en su mar de recuerdos arremolinados. Tiene 29 años, baila, canta y trabaja como extra en publicidad. Una chalina bordó le abraza el pecho. Hace tres años le había escrito a Clarín, impactada por una nota sobre maltrato infantil. Para esa época, había recobrado la memoria de su infancia, que mantuvo borrada entre los 15 y los 24 años. Gritos, puñetazos, vejaciones, un diente roto. Eran las imágenes que la sacudían desde el pasado. Hoy, mientras cae la noche y suena el murmullo de la avenida Corrientes. Claudia decide que es el momento de contar su verdad: “Mi casa fue un infierno. Mi padre vivía golpeándonos. Abusó de mí cuando era niña y me dejó embarazada en la adolescencia. Me hicieron un aborto. Recién pude denunciarlo en la adultez, luego de salir del pozo de bulimia y alcoholismo en el que me arrojó. Son marcas para toda la vida, pero cuando decidí hacerle frente al problema, comencé a soñar con una reivindicación de mi dignidad”.

Sus palabras brotan como los récords que ahora salen a la luz: en los primeros seis meses del año se radicaron 2.032 denuncias por violencia familiar en el área metropolitana y se atendieron 6.196 casos desde el Ministerio de Desarrollo Humano de la provincia de Buenos Aires. Si se combinan las dos cifras, el promedio es de casi dos ataques por hora en el hogar.

Las mujeres y los chicos son los más afectados, pero también los ancianos, las personas con discapacidad, hombres golpeados en situaciones de violencia cruzada y madres atacadas por sus hijos. Los datos del Poder Judicial señalan que en los últimos 12 años se cuadruplicó la cantidad de demandas por violencia familiar ante la Cámara Civil: de las 1.009 denuncias que se registraron en 1995, se llegó a 3.779 el año pasado y, al ritmo actual, se proyectan más de 4.000 para este año. El primer semestre de 2006, según esta medición, fue el más violento desde 1995.

Por otro lado, los más de seis mil casos atendidos por el Programa de Violencia Familiar de la provincia de Buenos Aires hablan de un incremento promedio del 20 por ciento de las cifras respecto del año pasado.

Son los indicadores más actualizados, pero “apenas muestra la punta del iceberg de una realidad mucho mayor”, advierte Norberto Garrote, jefe del Servicio de Violencia Familiar del Hospital Pedro Elizalde. Es cierto, porque no relevan los casos del interior del país y la cifra global crece cuando se recorren las oficinas que escuchan a las víctimas:

  • La Dirección General de la Mujer porteña, por ejemplo, atendió el año pasado 12.739 llamadas por violencia familiar, y 1.707 por maltrato infanto-juvenil (línea gratuita 0800-666-68537). En los tres primeros meses de 2006, el Servicio de Asistencia a la Violencia Doméstica y Sexual atendió a 5.978 personas. Hubo derivaciones a los Centros Integrales de la Mujer y a casas de refugio y de reinserción a la vida social.
  • La guardia de abogados del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes porteño recibió un 40 por ciento más de consultas por violencia familiar que el año pasado. Y el maltrato infantil, según los llamados a la línea 102, saltó de 445 casos en el 2003 a 2.162 dos años después.
  • El Cuerpo Interdisciplinario de Protección contra la Violencia Familiar, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, encargado de elaborar los informes de riesgo que derivan en medidas de protección de las víctimas, recibe ahora unos 20 expedientes por día, una cantidad que hace 10 años se registraba en una semana. Además, son casos más complejos, porque “antes nos llegaban dos hojitas con el resumen de la situación, ahora vienen carpetas enteras, en muchos casos de violencia crónica, que se soluciona un día pero al tiempo vuelve a ocurrir”, explicaron fuentes de ese equipo (4379-1719/1736).
  • A modo de ejemplo de lo que pasó en el interior entre enero y junio, se informó que los tribunales de Rosario recibieron 875 nuevas denuncias y que la Dirección de Atención a la Víctima de Catamarca atendió más de 500 consultas telefónicas.”Apreciamos un incremento de organismos que hacen detección y promueven la denuncia, pero no se ha multiplicado del mismo modo la oferta de servicios asistenciales y psicoterapéuticos del fenómeno de la violencia. Ese sigue siendo el déficit”, evalúa Garrote, uno de los principales expertos del país.Claudia termina el café y cuenta que buscó ayuda en la Asociación Argentina de Prevención de la Violencia Familiar (4953-1268), donde consideran válido su testimonio, ratificado ante la Justicia. “Tengo tres hermanos que también sufrieron agresiones. A veces nos defendíamos unos a otros, pero el castigo, la revancha, era peor. Luego se tapó todo, todos preferían evitar el tema. A veces lo niegan”, es la versión de la chica de la chalina bordó.”La verdadera epidemia es la extrema naturalización del maltrato emocional —agrega la psicóloga Graciela Ferreira, presidenta de esa Asociación—, por ejemplo en las actitudes y verbalizaciones que utilizan los adultos para dirigirse a los chicos, sobre todo de los que se creen ‘clase media educada'”.”La violencia es un fenómeno emocional. Como dicen las víctimas: ‘El golpe pasa, pero la experiencia emocional de la humillación, la inferiorización, y el terror queda para siempre‘. Luego, provoca una cadena sin fin de sufrimientos, porque el comportamiento violento se reproduce. El maltratado puede ser un potencial maltratador”, explica Ferreira, en diálogo con Clarín.Garrote aclara que puede haber un pequeño porcentaje de “denuncias mentirosas”, por ejemplo en casos controvertidos de divorcio, donde un cónyuge quiere hacerle daño al otro, atribuyéndole comportamientos violentos hacia la pareja o hacia los hijos.

    El abogado Osvaldo Ortemberg, dedicado hace 40 años a casos de familia, señala que “hoy, en la clase media, hay un grado muy intenso de violencia familiar, por ejemplo cuando no alcanza el dinero, cuando hay asimetrías en los ingresos, sobre todo en favor de la mujer, y porque se verifican desde hace un tiempo fuertes desequilibrios emocionales, tanto en hombres como en mujeres”.

    Ortemberg dice que hasta los clientes aumentaron su nivel de agresividad: “Hace 30 años, el abogado era tratado como un médico de familia, con mucho respeto, pero ahora no, la persona violenta quiere manejar todo y, a veces, le quita la confianza a su propio abogado”. Sin embargo, descubre un aspecto positivo del registro que da cuenta del aumento de las denuncias: “No perdamos de vista que tiene que ver también con el avance de los derechos del niño y de la mujer”. El debilitamiento de la “aceptación social” del hombre machista y golpeador forma parte de esa contracara. Un refuerzo de la idea: en 1995 fueron denunciados por agresión sólo 18 padres, mientras que en los primeros seis meses de este año ya van 623, otro récord.

    Si bien la Justicia no puede resolver por sí sola el fenómeno de la violencia familiar —se acude a ella cuando el ataque ya se perpetró—, hay resortes que podrían funcionar mejor. Hace dos años, la Corte Suprema dispuso la creación de la Oficina de Violencia Doméstica, para atender casos durante las 24 horas, pero la idea aún no se concretó. “Está demorado, porque hay que nombrar empleados y falta presupuesto”, señalaron fuentes judiciales.

    La protección legal tampoco parece suficiente. El Ministerio del Interior estableció el programa “Las víctimas contra la violencia”, que analizará las falencias de la legislación nacional y provincial sobre violencia familiar y buscará consensuar la propuesta de una nueva ley con distintos sectores de la sociedad.

    ¿Cuáles son esas falencias? Por ejemplo, que la Ley 24.417, la principal en materia de violencia familiar, no establece con precisión políticas estatales de prevención, consideran sus críticos.

    Ante el hecho de violencia, la Justicia deriva a los involucrados a tratamientos que no se cumplen o no dan resultado, porque la agresión, tarde o temprano, se repite.

    Lo que nunca hay que hacer, coinciden todos los especialistas consultados, es callar.

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