La despedida.

Publicado: noviembre 21, 2011 de Rodolfo Falcón en Posteos anteriores. violencia, salud.
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No sólo hay que aprender a dejar marchar las tensiones, sino también al moribundo. Si siente usted apego y se aferra a la persona que ha de morir, eso puede causarle mucho dolor innecesario y hacerle a ella mucho más difícil soltarse y morir en paz.
A veces el moribundo puede vivir muchas semanas o meses más de lo que los médicos suponían, y experimentar un gran sufrimiento físico. Christine Longaker ha descubierto que para que una persona en ese caso pueda soltarse y morir en paz necesita oír dos garantías verbales explícitas de sus seres queridos. En primer lugar, éstos han de darle permiso para morir, y en segundo lugar han de asegurarle que saldrán adelante después de su muerte, que no debe preocuparse por ellos.
Cuando me preguntan por la mejor manera de darle a alguien permiso para morir, les digo que se imaginen que están de pie junto a la cabecera de la persona amada y que le dicen con la más profunda y sincera ternura: “Estoy aquí contigo y te quiero. Estás muriéndote, y eso es completamente natural; le pasa a todo el mundo. Me gustaría que pudieras seguir aquí conmigo, pero no quiero que sufras más. El tiempo que hemos pasado juntos ha sido suficiente, y siempre lo tendré como algo precioso. Por favor, no sigas aferrándote a la vida. Déjate ir. Te doy mi más sincero y pleno permiso para morir. no estás solo, ni ahora ni nunca. Tienes todo mi amor”.
Una de mis alumnas, que trabaja en un hospicio, me habló de una anciana escocesa, Maggie, a la que fue a visitar poco después de que su marido, próximo a morir, hubiera entrado ya en coma. Maggie estaba triste y desconsolada, porque nunca le había hablado a su marido del amor que sentía por él ni le había dicho adiós, y ahora creía que era demasiado tarde. La trabajadora del hospicio trató de alentarla diciéndole que aunque el enfermo no le respondía en absoluto, quizás aún podía oírla. Había leído que muchas personas al parecer inconscientes pueden de hecho percibir lo que ocurre a su alrededor, de modo que le sugirió que se sentara junto a él y le dijera todo lo que quería decirle. A Maggie nunca se le habría ocurrido hacerlo, pero aceptó la sugerencia y empezó a hablarle a su marido de los ratos buenos que habían compartido, de cómo le echaría de menos y de cuánto lo amaba. Al final, después de haberse despedido, le dijo: “Me resulta difícil vivir sin ti, pero no quiero verte sufrir más, así que está bien que te marches”. En cuanto hubo terminado, su marido emitió un largo suspiro y murió pacíficamente.
No sólo la persona que se está muriendo, sino toda su familia debe aprender a soltarse. Cada miembro de la familia puede hallarse en una fase distinta de aceptación y eso ha de tenerse en cuenta. Uno de los grandes logros del movimiento de los hospicios es haber reconocido la importancia de ayudar a toda la familia a afrontar su pesar y sus inseguridades acerca del futuro. Algunas familias se resisten a dejar partir a su ser querido, pensando que lo contrario sería una traición y una muestra de que no lo aman lo suficiente. Christine Longaker les dice a estas familias que se imaginen en el lugar del que va a morir. “Imagínese que está en la cubierta de un transatlántico a punto de zarpar. Vuelve la mirada hacia la orilla y ve a todos sus familiares y amigos que han venido a despedirle. A usted no le queda más remedio que partir, y el buque ya ha empezado a moverse. ¿Cómo querría que esas personas amadas se despidieran de usted? ¿Qué es lo que más le ayudaría en su viaje?”.
Incluso un ejercicio sencillo como este puede ser muy útil para capacitar a cada miembro de la familia a encontrar su propia manera de afrontar la tristeza de la despedida.
A veces me preguntan: “¿Qué puedo decirles a mis hijos sobre la muerde de un familiar?”. Yo les aconsejo que lo hagan con delicadeza pero que les digan la verdad. No hay que hacerle creer al niño que la muerte es algo extraño o terrorífico. Déjelo participar, en la medida de lo posible, en la vida de la persona que va a morir, y responda con sinceridad a las preguntas que pueda hacerle. De hecho, la espontaneidad y la inocencia de un niño pueden aportar dulzura, frescor y a veces hasta sentido del humor, mitigando así el dolor de morir. Anime al niño o niña a rezar por la persona moribunda y a sentir así que realmente está haciendo algo por ayudar. Y después de haberse producido la muerte, asegúrese de que le da al niño atención y afecto especiales.

(extraído del libro tibetano de la vida y la muerte.)

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